Suicidio intelectual

Suicidio intelectual

Scott Hahn y el juicio privado que se volvió infalible

En el libro de Scott Hahn hay una escena peculiar que a ningún protestante debería dejar indiferente. En la página 76 de su libro, “Roma, dulce hogar” Hahn narra su conversación con el doctor Gerstner, su profesor de teología, donde aparece el famoso laberinto epistemológico que lo empujó hacia Roma. Gerstner le concede que, desde la posición protestante, poseemos una “colección falible de documentos infalibles”. Hahn, insatisfecho, responde con dramatismo casi teatral: “Entonces, si las cosas son así, creo que debemos tener la Biblia y la Iglesia. ¡O las dos o ninguna!”

La frase suena profunda. Pero al examinarla, no es un martillazo contra la Reforma; es el bostezo elegante de una falsa dicotomía.

Hahn cree haber descubierto el gran problema del protestantismo: si mi reconocimiento del canon es falible, entonces mi certeza bíblica queda debilitada. Pero aquí comienza la comedia romana. Porque, para escapar de un juicio falible sobre la Escritura, Hahn corre a refugiarse en otro juicio falible: su propio juicio de que Roma es la autoridad infalible. Es decir, desconfía de su capacidad para reconocer Mateo, Romanos o Gálatas como Palabra de Dios, pero de pronto confía heroicamente en su capacidad para reconocer al obispo de Roma como intérprete infalible de toda la revelación.

Magnífico. El juicio privado era demasiado débil para reconocer la Biblia, pero lo bastante fuerte para reconocer al papa.

Ese es el truco. El converso romano no elimina el juicio privado; simplemente lo canoniza cuando concluye a favor de Roma. Hahn leyó, investigó, comparó, discutió, razonó, evaluó la historia, examinó argumentos y finalmente decidió que el catolicismo romano tenía razón. ¿Y con qué lo decidió? Con su juicio privado. No con un decreto infalible previo. No con una visión celestial. No con una voz apostólica audible. Con el mismo juicio humano, falible, limitado y personal que luego acusa de ser el talón de Aquiles del protestantismo.

La pregunta es inevitable: si el juicio privado de Hahn era incapaz de darle certeza suficiente sobre el canon bíblico, ¿por qué sí era capaz de darle certeza suficiente sobre Roma? ¿Qué milagro epistemológico ocurrió en el camino? ¿En qué momento su razón dejó de ser protestantemente sospechosa y se volvió católicamente confiable? ¿Cuando abrió a los Padres? ¿Cuando leyó a Newman? ¿Cuando empezó a imaginar que la palabra “alianza” llevaba sotana?

El argumento de Hahn no resuelve el problema; solo lo desplaza. Dice: “No puedo tener certeza de la Biblia sin una Iglesia infalible”. Pero entonces debe responder: ¿cómo sabes que esa Iglesia infalible es Roma? Si responde: “por la historia”, usó juicio privado. Si responde: “por los Padres”, usó juicio privado. Si responde: “por la sucesión apostólica”, usó juicio privado. Si responde: “por las marcas de la Iglesia”, usó juicio privado. Si responde: “por la coherencia del sistema católico”, usó juicio privado. En todos los caminos, el peregrino romano tiene que caminar primero con las piernas protestantes.

La frase “Biblia e Iglesia, o ninguna” es, además, una falsa alternativa. El protestantismo histórico nunca negó la Iglesia. Niega que la Iglesia sea infalible en el sentido romano. Niega que la Iglesia pueda convertirse en juez supremo de la Palabra que debe obedecer. La Iglesia recibe, reconoce, predica, custodia y confiesa la Escritura; no la fabrica, no la corona, no la vuelve Palabra de Dios mediante una firma episcopal. El hecho de que el reconocimiento humano del canon sea falible no convierte a la Escritura en falible, así como mi visión falible del sol no vuelve falible al sol.

Roma pretende curar la falibilidad humana con una institución infalible. Pero el remedio es circular: para saber cuál institución es infalible, el hombre debe usar precisamente la falibilidad que Roma dice venir a superar. El resultado es una serpiente mordiéndose la cola, sin más.

El caso de Scott Hahn, por tanto, no destruye la sola Scriptura. La presupone. Hahn pudo abandonar el protestantismo porque el protestantismo le permitió hacer lo que Roma luego quiere domesticar: leer, examinar, contrastar, preguntar, juzgar. Usó la libertad protestante para llegar a Roma, y una vez allí declaró sospechosa la libertad que lo llevó hasta la puerta.

Eso no es una refutación de la Reforma. Es una ingratitud epistemológica.

El papista converso no odia el juicio privado. Odia el juicio privado que no termina arrodillado ante Roma. Su juicio es “búsqueda honesta”; el nuestro es “relativismo”. Su lectura privada de la historia es “conversión”; nuestra lectura privada de la Escritura es “rebeldía”. Su decisión individual de someterse al papa es “humildad”; nuestra decisión de someternos a la Palabra de Dios es “individualismo”.

Así funciona la alquimia romana: el mismo acto intelectual cambia de nombre según su destino. Si conduce al Vaticano, es gracia. Si conduce a la Reforma, es soberbia.

Por eso la conversión de Hahn no es el epitafio de la sola Scriptura. Es su confesión involuntaria. Para dejar de ser protestante, tuvo que actuar como protestante: examinarlo todo y retener lo que creyó bueno. El problema es que, al final, confundió la necesidad de una Iglesia con la infalibilidad de Roma.

Y ahí quedó el gran drama: Scott Hahn subió por la escalera del juicio privado, entró por la ventana de Roma, y desde dentro empezó a gritar que las escaleras eran peligrosas.

Referencias

  1. Hahn, S., & Hahn, K. (2001). Roma, dulce hogar: Nuestro camino al catolicismo. Rialp.
  2. Hahn, S., & Hahn, K. (1993). Rome Sweet Home: Our Journey to Catholicism. Ignatius Press.
  3. Ligonier Ministries. (n.d.). John H. Gerstner.
  4. Orthodox Presbyterian Church. (n.d.). The Westminster Confession of Faith, chapter 1: Of the Holy Scripture.

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