Las simplezas de Scott Hahn

Las simplezas de Scott Hahn

Scott Hahn, Santiago 2:24 y la conversión que llegó antes que la exégesis

He leído más de una vez Roma, dulce hogar, de Scott Hahn, y en ambas ocasiones me resulta difícil no ver en su relato una pieza de propaganda convertida en autobiografía espiritual. No porque un protestante no pueda hacerse católico —cada hombre tiene derecho a naufragar donde quiera—, sino porque la forma en que Hahn presenta su “descubrimiento” de Roma tiene una fragilidad intelectual que uno esperaría de un lector primerizo, no de alguien formado en teología reformada.

En una sección temprana del libro, Hahn explica que comenzó a sospechar de la doctrina protestante de la justificación porque, según él, Pablo no enseñaba que somos salvos “por la fe sola”. Sus palabras son estas:

“San Pablo —a quien yo había considerado un precursor de Lutero— enseñó en las Cartas a los Romanos y a los Gálatas, y en otros lugares, que la justificación era algo más que un concepto jurídico: nos establecía en Cristo como hijos de Dios sólo por la gracia. De hecho, descubrí que en ningún lugar enseñó San Pablo que nos salvamos sólo por la fe. El ‘por la sola fe’ (sola fide) no estaba en la Escritura.”

El razonamiento parece contundente solo hasta que uno recuerda una distinción elemental que cualquier estudiante serio de teología debería conocer: una doctrina no necesita aparecer formulada con una frase exacta para ser bíblica. Hay argumentos explícitos, argumentos implícitos, inferencias necesarias, síntesis doctrinales, deducciones teológicas y formulaciones confesionales posteriores que expresan lo que el texto enseña aunque no lo diga con la misma frase técnica.

Si el criterio de Hahn fuera válido, habría que sacrificar media teología cristiana histórica en el altar del literalismo más burdo. ¿Dónde dice la Biblia, con fórmula exacta, “Trinidad”? ¿Dónde dice “unión hipostática”? ¿Dónde dice “Dios Hijo consustancial al Padre”? ¿Dónde ordena explícitamente la adoración litúrgica al Espíritu Santo con el vocabulario niceno posterior? ¿Dónde aparece el término “canon del Nuevo Testamento” en la propia Escritura? Nadie serio concluye por eso que tales doctrinas sean falsas. Se reconocen porque son inferencias necesarias del testimonio bíblico total.

Pero, curiosamente, cuando se trata de la sola fide, Hahn parece olvidar todo esto y razona como si la ausencia de la fórmula literal “por la fe sola” bastara para hundir la doctrina. Es un argumento de una pobreza metodológica notable. No refuta la sola fide; refuta una caricatura de cómo se construyen las doctrinas cristianas.

La ironía se vuelve más aguda cuando uno pregunta por las doctrinas que Hahn sí aceptó al abrazar Roma. Si abandonó el protestantismo porque no encontró la fórmula exacta “sola fide” en la Escritura, ¿encontró acaso con mayor claridad la infalibilidad papal? ¿Encontró la Inmaculada Concepción de María? ¿Encontró la asunción corporal de María? ¿Encontró la jurisdicción universal del obispo de Roma? ¿Encontró el tesoro de méritos administrado por indulgencias? ¿Encontró la transubstanciación definida en categorías aristotélicas como dogma obligatorio? En esos casos no solo falta la fórmula exacta; falta el edificio entero.

Y aquí aparece la deliciosa comedia romana: la doctrina protestante debe ser descartada si no aparece en forma de eslogan literal; la doctrina papal, en cambio, puede construirse con silencios, insinuaciones, desarrollos tardíos, analogías dudosas, Padres leídos con prismáticos romanos y una saludable dosis de imaginación dogmática. Para la sola fide exigen texto explícito. Para el papado basta un eco, una sombra, una piedra, una llave y bastante entusiasmo.

Hahn también cuenta que, al desarrollar su nueva comprensión de la justificación, alguien le señaló que Norman Shepherd, profesor en Westminster Theological Seminary, estaba siendo cuestionado por enseñar algo parecido:

“Me entusiasmé mucho con este descubrimiento y lo compartí enseguida con varios amigos, que se maravillaron al constatar cuánto sentido tenía. Uno de ellos vino a preguntarme si sabía quién más enseñaba la justificación de ese modo. Cuando le respondí que no, me comentó que el Dr. Norman Shepherd, un profesor del Westminster Theological Seminary —el seminario presbiteriano calvinista más riguroso de Estados Unidos—, estaba a punto de afrontar un proceso por herejía, por enseñar la misma interpretación de la doctrina de la justificación que yo estaba exponiendo. Así que llamé al Profesor Shepherd y hablé con él. Me dijo que le habían acusado de enseñar una tesis contraria a la enseñanza de la Biblia, de Lutero y de Calvino. Mientras le oía describir lo que estaba enseñando, pensé: ‘Oye, eso es lo mismo que estoy diciendo yo’.”

El episodio es revelador. Hahn parece presentarlo como si hubiera descubierto una dimensión olvidada de Pablo y, de pronto, se encontrara con que otros reformados estaban reaccionando con nerviosismo. Pero cualquier persona mínimamente ubicada en los debates teológicos del siglo XX sabe que la relación entre fe, obras, pacto, obediencia, justificación y juicio final no era un tema desconocido ni marginal. Ahí estaban la Nueva Perspectiva sobre Pablo, la controversia de Shepherd, los debates sobre pacto, la teología federal, las discusiones luterano-reformadas sobre ley y evangelio, las tensiones con el neonomismo, las críticas a la neo-ortodoxia, la posterior Federal Vision y, del lado católico, la arquitectura tridentina de gracia infusa, mérito y cooperación.

Por eso el relato sorprende. No porque Hahn haya cambiado de opinión, sino porque su cambio aparece narrado como si hubiera descubierto agua tibia en una biblioteca teológica. La escena suena menos a una conversión intelectual inevitable y más a un hombre entrando en un tema complejo con una conclusión ya emocionalmente disponible. Y cuando un lector ya quiere Roma, cada problema protestante empieza a parecer una señal del cielo, y cada problema romano se convierte en “misterio”, “desarrollo” o “profundidad sacramental”.

Luego viene Santiago 2:24. Hahn narra que el texto —“el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe”— produjo en él una crisis:

“En la Carta de Santiago 2, 24, la Biblia enseña que ‘el hombre se justifica por las obras, y no sólo por la fe’. Además, San Pablo dice en I Corintios 13, 2: ‘Aunque tenga una fe capaz de mover montañas, si no tengo caridad, no soy nada’. Para mí supuso una transformación traumática tener que reconocer que en este punto Lutero estaba fundamentalmente equivocado.”

Uno se pregunta, inevitablemente, cuántas veces había leído Santiago antes. ¿Acaso el texto apareció de pronto en su Biblia como un versículo recién inspirado? ¿Nunca había visto que la tradición reformada distinguía entre la fe como instrumento de justificación delante de Dios y las obras como vindicación pública de una fe viva? ¿Nunca leyó a Calvino sobre Santiago? ¿Nunca notó que Pablo y Santiago responden a errores distintos? Pablo combate la pretensión de ser declarado justo por obras de la ley; Santiago combate una fe muerta, estéril, meramente verbal. Uno destruye el legalismo; el otro destruye el antinomianismo. Ambos son necesarios. Ninguno necesita a Trento para ser entendido.

El problema de Hahn no parece haber sido Santiago 2:24. El problema parece haber sido el horizonte desde el cual empezó a leerlo. Gadamer tenía razón al señalar que nadie se acerca a un texto desde una neutralidad pura. Todos leemos desde un horizonte, con prejuicios, expectativas y preguntas previas. En el caso de Hahn, la sospecha razonable es que Roma ya se había vuelto plausible antes de que Santiago se volviera decisivo. El texto no lo condujo limpiamente al catolicismo; más bien, el nuevo horizonte católico le permitió releer Santiago como si la Reforma entera hubiese sido derrotada por un versículo que los reformadores habían leído, comentado y respondido durante siglos.

Esto es lo menos convincente de muchas conversiones a Roma: no parecen descubrimientos exegéticos, sino reordenamientos afectivos que luego buscan una narrativa intelectual. Primero se despierta la fascinación por Roma; después los textos empiezan a desfilar obedientemente hacia el Tíber. Primero aparece el deseo de una autoridad visible, antigua, sacramental y majestuosa; luego Santiago 2:24, Mateo 16, Juan 6 y los Padres de la Iglesia son reclutados como escolta.

Y así el relato queda expuesto. Hahn no muestra que la sola fide sea antibíblica. Muestra que confundió una formulación confesional con una frase textual; confundió una tensión canónica con contradicción doctrinal; confundió la crítica legítima a una fe muerta con una negación de la justificación por la fe sola; y confundió su incomodidad con ciertos debates reformados con una obligación lógica de cruzar a Roma.

Al final, el argumento puede reducirse a esto: “No encontré la frase sola fide en Pablo; luego Santiago menciona obras; por tanto Roma”. Pero eso no es una conversión intelectual robusta. Es una pirueta. Y una pirueta, por mucho que termine frente al Vaticano, sigue siendo una pirueta.

La pregunta decisiva permanece: si Hahn exigió a la sola fide una explicitud textual que jamás exigió a los dogmas marianos, al papado, al purgatorio o a la infalibilidad pontificia, entonces no abandonó el protestantismo por rigor bíblico. Lo abandonó aplicando dos medidas: bisturí para la Reforma, incienso para Roma.

Y con esa metodología, cualquiera puede convertirse a cualquier cosa.

Referencias

  1. Calvin, J. (n.d.). Commentaries on the Catholic Epistles. Christian Classics Ethereal Library.
  2. Gadamer, H.-G. (2004). Truth and Method (2nd rev. ed.). Continuum. Referencia contextual mediante Stanford Encyclopedia of Philosophy.
  3. Hahn, S., & Hahn, K. (1993). Rome Sweet Home: Our Journey to Catholicism. Ignatius Press.
  4. Sociedades Bíblicas Unidas. (1960). Reina-Valera 1960. BibleGateway.

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