¿Los protestantes quitamos libros a la Biblia?

¿Los protestantes quitamos libros a la Biblia?

Una respuesta histórica, canónica y apologética en siete puntos.

Resumen

Una de las acusaciones más repetidas en la apologética católica popular sostiene que los protestantes “quitaron siete libros de la Biblia”. La frase es eficaz como propaganda, pero deficiente como historia. El debate real no consiste en saber si Lutero tomó una Biblia católica cerrada, arrancó páginas y entregó una mutilación al mundo protestante. La cuestión verdadera es anterior y más compleja: ¿qué libros pertenecen al canon inspirado del Antiguo Testamento? La Reforma protestante no inventó la distinción entre libros canónicos y libros eclesiásticos; la heredó de una línea antigua representada por testimonios judíos, patrísticos y medievales. Autores como Josefo, Melitón de Sardes, Atanasio, Cirilo de Jerusalén, Jerónimo y Rufino muestran que la recepción de los libros llamados deuterocanónicos no fue uniforme en la Iglesia antigua. Este artículo responde en siete puntos a la acusación romana, mostrando que el protestantismo no “quitó” libros, sino que rechazó elevar al rango de Escritura inspirada aquellos escritos cuya canonicidad fue históricamente disputada y dogmáticamente definida por Roma sólo de manera tardía en el Concilio de Trento.

Introducción

La acusación suele formularse de manera teatral: “Los protestantes quitaron siete libros de la Biblia”. La frase tiene fuerza retórica, pero descansa sobre una trampa. Para decir que alguien “quitó” libros de la Biblia, primero hay que demostrar que esos libros pertenecían al canon inspirado con la misma autoridad que Moisés, los Profetas, los Salmos y los escritos apostólicos. Pero eso es precisamente lo que está en disputa.

Roma presenta como mutilación lo que históricamente fue una delimitación canónica. El protestantismo no rechaza Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y 1–2 Macabeos porque tema leerlos. Los reformadores los leyeron, los imprimieron e incluso los consideraron útiles para edificación moral e histórica. Lo que rechazaron fue otra cosa: que esos libros fueran Palabra de Dios en el mismo sentido que Isaías, Génesis, Romanos o Juan.

Esta distinción es crucial. Una cosa es leer un libro en la Iglesia; otra es usarlo para establecer doctrina obligatoria. Una cosa es reconocer valor histórico o devocional; otra es imponerlo como norma inspirada de fe. Roma suele borrar esa distinción y luego acusa al protestantismo de mutilación.

La pregunta correcta, por tanto, no es: “¿Por qué los protestantes quitaron siete libros?”. La pregunta correcta es: “¿Con qué autoridad Roma declaró canónicos, bajo anatema, libros cuya recepción fue discutida por judíos, padres y doctores antiguos?”.

1. La acusación “quitaron libros” presupone lo que debe demostrar

La acusación romana funciona sólo si se concede de antemano que el canon tridentino de 1546 es el canon apostólico de la Iglesia. Pero eso no se puede asumir; debe probarse. Si Roma dice: “Los protestantes quitaron libros”, está usando su propio canon como punto de partida y luego condenando al protestante por no aceptar precisamente ese punto de partida. Es una petitio principii: se da por demostrado lo que se intenta demostrar.

El Concilio de Trento, en su cuarta sesión, enumeró como canónicos los libros de Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc y 1–2 Macabeos, junto con las adiciones a Ester y Daniel. Además, declaró anatema a quien no recibiera dichos libros “enteros con todas sus partes” como sagrados y canónicos (Concilio de Trento, 1546/1848). Ese dato es decisivo: Roma no sólo reconoció una tradición litúrgica; convirtió una lista concreta en obligación dogmática bajo pena de anatema.

La ironía es evidente. Roma acusa a los protestantes del siglo XVI de quitar libros, pero es Trento el que, en plena controversia con la Reforma, fija dogmáticamente una lista con anatema. Antes de Trento existían listas, usos litúrgicos y concilios regionales; pero no una definición dogmática ecuménica romana con anatema universal comparable al decreto tridentino.

Por eso la acusación correcta, no debería ser: “Los protestantes quitaron libros”. Debería ser: “Los protestantes rechazaron la definición tridentina del canon del Antiguo Testamento”.

Desde una perspectiva reformada, la Biblia no recibe su autoridad del decreto de un concilio. La Iglesia reconoce el canon; no lo fabrica.

2. El canon hebreo no incluía los libros deuterocanónicos

El Antiguo Testamento fue confiado originalmente al pueblo judío. Pablo afirma que a los judíos les fueron confiados “los oráculos de Dios” (Ro 3:2). Por tanto, la pregunta sobre el canon del Antiguo Testamento debe comenzar con el testimonio judío.

Josefo, escribiendo en el siglo I, afirma que los judíos no tenían una multitud indefinida de libros sagrados, sino “sólo veintidós libros” considerados divinos (Josefo, Contra Apión, 1.8). También explica que los escritos posteriores al tiempo de Artajerjes no gozaban de la misma autoridad, porque había cesado la sucesión exacta de profetas. Este testimonio es extraordinariamente importante, porque muestra que, para el judaísmo del siglo I, existía una conciencia de corpus sagrado limitado.

La cifra de veintidós libros no contradice los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento protestante. La diferencia es de agrupación, no de contenido. Los judíos contaban en un solo libro obras que en las Biblias cristianas aparecen divididas: Samuel, Reyes, Crónicas, Esdras-Nehemías, los Doce Profetas menores, y en algunas listas Rut y Lamentaciones. El resultado es el mismo cuerpo sustancial de libros que hoy reconocen los protestantes como Antiguo Testamento.

Jerónimo, máximo biblista de la Iglesia latina antigua, confirma esta tradición hebrea. En su Prologus Galeatus, afirma que los hebreos tenían veintidós libros y que lo que queda fuera de ellos debe ponerse entre los apócrifos. Luego menciona explícitamente que Sabiduría, Sirácida, Judit y Tobías “no están en el canon” (Jerónimo, ca. 391/1893).

Este dato no es menor. Jerónimo no era un fundamentalista baptista de Alabama. Era el gran traductor de la Vulgata, doctor de la Iglesia y uno de los hombres más eruditos de la antigüedad cristiana. Si la tesis católica popular fuera correcta —que la Iglesia siempre recibió tranquilamente esos libros como Escritura plena—, Jerónimo sería una anomalía monumental justo en el centro de la tradición latina.

El punto reformado es sencillo: el canon del Antiguo Testamento debe respetar la herencia profética hebrea. Roma, en cambio, terminó canonizando libros que el judaísmo no recibió como parte de los oráculos inspirados. El protestantismo no quitó esos libros del canon hebreo; se negó a meterlos por la ventana de Trento.

3. Jesús y los apóstoles no establecen doctrina usando los deuterocanónicos como Escritura

El Nuevo Testamento cita abundantemente el Antiguo Testamento. Jesús, Pablo, Pedro, Juan y los demás escritores apostólicos apelan a la Ley, los Profetas y los Salmos como Escritura inspirada. La fórmula “está escrito” aparece constantemente para introducir textos canónicos.

Aquí surge un problema para Roma: no encontramos en el Nuevo Testamento una apelación doctrinal clara a Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc o 1–2 Macabeos bajo la fórmula normativa “está escrito”. Puede haber ecos literarios, paralelos conceptuales o lenguaje compartido, pero eso no prueba canonicidad. Pablo puede citar a poetas paganos sin canonizarlos. Judas puede aludir a tradiciones extrabíblicas sin convertirlas en regla de fe.

Este punto suele incomodar a los apologistas romanos, porque debilita uno de sus argumentos favoritos: “Si el Nuevo Testamento alude a un libro, entonces ese libro debe ser canónico”. Pero esa regla destruiría su propio canon, porque obligaría a canonizar obras y tradiciones que ni Roma acepta como Escritura.

La cuestión no es si los autores del Nuevo Testamento conocían literatura judía del Segundo Templo. Evidentemente la conocían. La cuestión es si la usan como Escritura normativa. Y allí la evidencia es muy distinta. El patrón apostólico se inclina hacia la Ley, los Profetas y los Escritos recibidos en el judaísmo.

Además, Jesús habla de la Escritura en términos que encajan con la estructura judía del canon. En Lucas 24:44 se refiere a “la Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos”, una forma resumida de designar la Escritura hebrea. No dice: “Moisés, los Profetas, los Salmos, Tobías, Judit y Macabeos”. El silencio no prueba todo, pero en este caso pesa, porque el Nuevo Testamento está saturado de citas veterotestamentarias y, aun así, no trata los deuterocanónicos como base doctrinal explícita.

La Reforma no inventó un canon para escapar de doctrinas incómodas. Recuperó una pregunta elemental: ¿qué Escrituras reconocieron Cristo y sus apóstoles como oráculos divinos?

4. Los padres de la Iglesia no ofrecen el consenso romano que Roma presume

Roma suele decir: “Lean a los Padres y se harán católicos”. El problema es que, en materia de canon, leer a los Padres con atención produce un resultado bastante incómodo para la apologética romana popular. La patrística no ofrece un consenso simple a favor del canon tridentino.

Melitón de Sardes, hacia el siglo II, viajó a Oriente para investigar los libros del Antiguo Testamento. Su lista, preservada por Eusebio, corresponde sustancialmente al canon hebreo y no menciona los libros disputados (Eusebio, Historia eclesiástica, 4.26).

Atanasio de Alejandría, en su Carta Festal 39, distingue entre los libros incluidos en el canon y otros libros “no incluidos en el canon” pero útiles para ser leídos por los recién llegados a la fe. Entre esos libros no canónicos menciona Sabiduría, Sirácida, Judit y Tobías (Atanasio, 367/1892). Esta distinción es fatal para la narrativa romana simplista: Atanasio no dice que esos libros sean basura; dice que no pertenecen al canon.

Cirilo de Jerusalén, en sus Catequesis, exhorta a leer los veintidós libros del Antiguo Testamento y añade: “no leas los escritos apócrifos” (Cirilo de Jerusalén, ca. 350/1894). Su lista también se mueve dentro del esquema de veintidós libros, aunque incluye Baruc junto con Jeremías, lo cual muestra precisamente que las listas antiguas no son uniformes en todos sus detalles.

Rufino de Aquilea, en su comentario al Credo, afirma que hay libros que los padres no llamaban “canónicos”, sino “eclesiásticos”. En esta categoría coloca Sabiduría, Sirácida, Tobías, Judit y Macabeos (Rufino, ca. 404/1892). Además, señala que se leían en las iglesias, pero no se usaban para confirmar doctrina.

Este patrón se repite: algunos libros eran leídos; no todos eran recibidos como canónicos. La distinción reformada entre libros canónicos y libros eclesiásticos no nace de una conspiración protestante. Ya estaba en la antigüedad. Roma, al fingir que sólo había una tradición pacífica y uniforme, nos pide que no leamos a los Padres, sino que leamos una postal turística de los Padres.

El testimonio patrístico real es más complejo y, precisamente por eso, más favorable a la posición protestante de lo que Roma admite.

5. Jerónimo no fue una nota marginal: fue el gran testigo latino contra el canon ampliado

Entre los padres latinos, Jerónimo ocupa un lugar singular. Su competencia hebrea, su labor traductora y su cercanía a la tradición textual judía lo convierten en un testigo de enorme peso.

En el Prologus Galeatus, Jerónimo establece que el Antiguo Testamento hebreo consta de veintidós libros. Después declara que todo lo que queda fuera debe ser colocado entre los apócrifos. La frase clave es directa: Sabiduría, Sirácida, Judit y Tobías “no están en el canon” (Jerónimo, ca. 391/1893).

Roma intenta neutralizar a Jerónimo diciendo que después obedeció a la Iglesia y tradujo algunos de esos libros. Pero traducir no equivale a canonizar. Un traductor puede ver valor eclesiástico, histórico o devocional en ciertos textos sin elevarlos al rango de Escritura inspirada. El mismo protestantismo clásico hizo algo semejante: imprimió los apócrifos, los leyó y los valoró, pero no los usó para establecer doctrina.

El caso de Jerónimo es especialmente incómodo porque el Artículo VI de los Treinta y Nueve Artículos anglicanos cita precisamente su criterio: “como dice Jerónimo”, la Iglesia lee esos otros libros para ejemplo de vida e instrucción moral, pero no los aplica para establecer doctrina (Iglesia de Inglaterra, 1571/2022). Esto muestra que la Reforma no estaba innovando arbitrariamente, sino apelando a una tradición antigua y explícita.

La apologética romana se enfrenta aquí a una disyuntiva: o Jerónimo estaba gravemente equivocado sobre el canon, o la acusación contra los protestantes debe moderarse. Lo que no se puede hacer honestamente es citar a Jerónimo como gloria de la Vulgata y luego esconderlo cuando su criterio canónico incomoda a Trento.

6. Lutero no “quitó” libros: los imprimió y los clasificó correctamente

La acusación popular dice que Lutero quitó libros de la Biblia. Históricamente, eso es falso. La Biblia alemana de Lutero de 1534 incluyó los apócrifos en una sección separada entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Su encabezado decía que esos libros “no son tenidos por iguales a la Sagrada Escritura”, aunque son “útiles y buenos de leer” (Luther, 1534/2024).

Esto no es quitar. Es clasificar. Es exactamente la distinción que ya se encontraba en Jerónimo y Rufino: útiles para lectura, no normativos para doctrina. La Reforma no arrojó esos libros al fuego; se negó a colocarlos sobre el altar.

El protestantismo histórico fue más matizado que muchos protestantes modernos y mucho más honesto que muchos polemistas católicos. Las primeras Biblias protestantes solían incluir los apócrifos, pero separados. El punto era pedagógico: el lector debía saber que esos escritos podían tener valor, pero no autoridad inspirada.

La Confesión de Westminster expresará más tarde la posición reformada de forma precisa: los libros llamados apócrifos, al no ser de inspiración divina, no forman parte del canon de la Escritura y no poseen autoridad en la Iglesia de Dios (Asamblea de Westminster, 1647/2016).

Por tanto, la pregunta no es: “¿Por qué Lutero quitó libros?”. La pregunta es: “¿Por qué Roma insiste en decir que Lutero quitó libros que Lutero imprimió?”. La respuesta es incómoda: porque la frase “Lutero quitó libros” funciona mejor en redes sociales que la historia real.

7. Trento canonizó los libros disputados en el contexto de la controversia con la Reforma

El momento histórico de Trento importa. La cuarta sesión del Concilio de Trento se celebró en 1546, en plena reacción romana contra la Reforma protestante. Allí Roma no sólo enumeró los libros bíblicos; también declaró anatema a quienes no recibieran como sagrados y canónicos todos los libros con todas sus partes, tal como estaban en la Vulgata latina (Concilio de Trento, 1546/1848).

Esto no prueba que Roma “inventó” los deuterocanónicos en 1546. Sería simplista decir eso. Esos libros habían sido leídos por siglos en muchas iglesias, estaban presentes en manuscritos de la Septuaginta y de la Vulgata, y fueron recibidos por Agustín y por concilios regionales norteafricanos. La historia debe decir eso con honestidad.

Pero una cosa es uso eclesiástico antiguo, y otra definición dogmática universal bajo anatema. Trento elevó la controversia a definición obligatoria. Y lo hizo en un contexto donde algunos pasajes de esos libros eran útiles para defender prácticas romanas como la oración por los muertos, especialmente 2 Macabeos 12.

Por eso el protestante no está obligado a aceptar la narrativa romana. La recepción antigua fue diversa. Agustín y los concilios africanos representan una línea; Jerónimo, Rufino, Atanasio, Cirilo y el canon hebreo representan otra. Roma eligió una línea y la convirtió en dogma. La Reforma eligió otra y la defendió como más antigua, más hebrea y más coherente con el uso apostólico.

Aquí está el centro del debate: no se trata de una Biblia mutilada contra una Biblia completa. Se trata de dos criterios de canon. Roma apela al decreto eclesiástico; la Reforma apela al reconocimiento de los libros proféticos y apostólicos recibidos como Escritura inspirada.

La pregunta final es devastadora: si estos libros fueron siempre recibidos como Escritura plena por toda la Iglesia, ¿por qué tantos padres importantes los distinguen, excluyen o clasifican como eclesiásticos? Y si su autoridad era tan evidente, ¿por qué Roma tuvo que responder con anatema en Trento?

Objeción católica: “Pero los primeros cristianos usaban la Septuaginta”

Es cierto que los primeros cristianos usaban ampliamente la Septuaginta. Pero de eso no se sigue que todos los libros presentes en ciertos códices griegos fueran canónicos. La Septuaginta no era un índice dogmático cerrado, sino una colección textual griega con variaciones. Los códices cristianos antiguos podían contener libros leídos en la Iglesia sin que todos tuvieran el mismo rango canónico.

La prueba está en los propios padres que usaban la Septuaginta y, aun así, distinguían entre libros canónicos y libros eclesiásticos. Atanasio y Cirilo conocían la tradición griega; sin embargo, no entregan el canon tridentino. Jerónimo conocía la Septuaginta; aun así, apela al canon hebreo. Rufino conocía la lectura eclesial; aun así, distingue entre canónicos y eclesiásticos.

Decir “la Iglesia usaba la Septuaginta” no resuelve el debate.

Objeción católica: “Pero Agustín los aceptó”

Sí. Agustín aceptó un canon más amplio. La posición protestante seria no niega ese dato. Agustín incluye Tobías, Judit, Macabeos, Sabiduría y Eclesiástico dentro de su enumeración de libros canónicos en De doctrina christiana (Agustín, ca. 397/1887). Además, los concilios regionales de Hipona y Cartago reflejan una línea norteafricana favorable a un canon más amplio.

Pero Agustín no agota la patrística. El canon no puede decidirse citando sólo al padre que conviene y silenciando a los demás. Si Roma cita a Agustín, el protestante puede citar a Jerónimo. Si Roma cita Cartago, el protestante puede citar a Atanasio, Cirilo y Rufino. La existencia misma de esta diversidad demuestra que el asunto no era tan pacífico como Roma pretende.

Además, el propio criterio agustiniano no es idéntico al tridentino. Agustín habla desde el peso de la recepción eclesial de su región y de ciertas iglesias, no desde una definición papal o conciliar universal con anatema. Convertir a Agustín en Trento anticipado es mala historia y peor apologética.

Objeción católica: “Pero esos libros estaban en Biblias cristianas antiguas”

También había otros libros en códices cristianos antiguos que Roma no canoniza. La presencia material de un libro en un códice no prueba automáticamente su inspiración. Los manuscritos antiguos podían contener textos para lectura, edificación, catequesis o uso litúrgico, sin que todos fueran considerados regla dogmática de fe.

Este punto es elemental. Que un libro esté encuadernado junto a otros no lo convierte automáticamente en inspirado. Las Biblias de estudio modernas incluyen mapas, introducciones, notas y concordancias; nadie cree que los mapas sean inspirados. El argumento no es idéntico, pero muestra el principio: ubicación material no equivale a canonicidad.

La pregunta no es sólo dónde aparece un libro, sino cómo fue recibido, citado, clasificado y usado doctrinalmente.

Conclusión

No, los protestantes no quitaron libros a la Biblia. Rechazaron como canónicos ciertos libros cuya autoridad inspirada fue discutida desde la antigüedad y que Roma definió dogmáticamente bajo anatema en Trento.

La acusación romana sobrevive sólo cuando se oculta la evidencia histórica. Josefo testifica un canon judío limitado. Jerónimo afirma que varios de esos libros no están en el canon. Atanasio distingue entre libros canónicos y libros útiles para lectura. Cirilo exhorta a leer los veintidós libros del Antiguo Testamento. Rufino llama a esos escritos “eclesiásticos”, no canónicos. Lutero los imprimió, pero separados. Las confesiones protestantes los valoraron como escritos humanos útiles, pero no como Palabra inspirada.

El protestantismo no mutiló la Biblia. Se negó a aceptar la ampliación tridentina del canon. Roma no está defendiendo simplemente “la Biblia completa”; está defendiendo su propia definición eclesiástica del canon. Y esa definición no puede imponerse mediante eslóganes.

La pregunta decisiva sigue en pie: ¿qué libros entregó Dios como regla infalible de fe? Si la respuesta depende finalmente de Trento, entonces la autoridad última no es la voz profética y apostólica de la Escritura, sino el decreto romano. La Reforma respondió de otra manera: la Iglesia no crea el canon; lo reconoce. Y cuando Roma pretendió convertir libros disputados en dogma obligatorio, la Reforma hizo lo que debía hacer: resistir.

No quitamos libros. Quitamos la pretensión romana de canonizar con anatema lo que Dios no inspiró.

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