
Análisis apologético
Las supuestas raíces judías de la infalibilidad
Respuesta crítica al argumento de Catholic Answers según el cual el judaísmo antiguo habría preparado conceptualmente la doctrina romana de la infalibilidad papal.
Navegando por los canales de apologética católica, me encontré con que los papistas estaban promocionando un nuevo artículo de Catholic Answers titulado “The Jewish Roots of Infallibility” (https://www.catholic.com/magazine/online-edition/infallibility-of-the-jews), en el que, por extraño que parezca, el autor Suan Sonna, un exbautista, intenta convencer a la audiencia de que los judíos ya pensaban en términos de infalibilidad y actuaban en correspondencia con la idea, de manera que la idea de un papa infalible no debería sonar extraña a nadie.
Pues bien, semejante bodrio es común en los papistas. De hecho, si el judaísmo no les funcionase, nadie dude de que buscarían entre los asirios o los egipcios algún paralelismo que les ayudase. Todavía hay católicos que sin reparo citan el Protoevangelio de Santiago para sostener la supuesta perpetua virginidad de María, y otros los Hechos de Pedro para convencernos de que el apóstol murió de cabeza, así que nada debe sorprendernos.
Pero, para ayuda del lector, he dividido su escrito en dos puntos principales:
1. La primera tesis: “la infalibilidad no era ajena al judaísmo antiguo”
Lo primero que se nos dice es que es evidente que existían precedentes de la idea de infalibilidad en el judaísmo antiguo.
La afirmación inicial ya necesita cirugía conceptual. ¿Qué significa “infalibilidad”? Si por infalibilidad se entiende simplemente que Dios puede guiar, iluminar, corregir o incluso usar a una autoridad religiosa para decir algo verdadero, entonces nadie lo niega. Bajo esa definición tan amplia, hasta Balaam tendría que ser citado como precursor del Vaticano, y su burra predecesora del mismo Papa.
La infalibilidad papal, tal como fue definida en Pastor aeternus por el Concilio Vaticano I, consiste en que el romano pontífice, cuando habla ex cathedra como pastor y maestro de todos los cristianos, definiendo una doctrina de fe o moral para toda la Iglesia, posee aquella infalibilidad prometida a la Iglesia, y sus definiciones son irreformables por sí mismas, no por el consentimiento posterior de la Iglesia (Concilio Vaticano I, 1870). Esto no es simplemente “Dios ayuda a una autoridad”. Es una prerrogativa dogmática, jurisdiccional, universal, romana, petrina y definitiva. Así que el artículo no debe probar que en Israel existían sacerdotes, jueces, maestros o profetas. Eso lo sabe cualquier lector de Deuteronomio. Debe probar que el judaísmo del Segundo Templo contenía algo equivalente a un oficio supremo, personal, universal, doctrinalmente irreformable, cuyas definiciones obligaban al pueblo de Dios como norma final de fe. Y eso, sencillamente, no lo prueba. De hecho, el escrito es tan ridículo porque la supuesta infalibilidad sería probada por la declaración de Caifás de que “conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca. Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era el sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación” (Juan 11:49).
2. Lo que nos lleva al punto 2.
Ahora bien, el pasaje sí enseña algo importante: Dios puede servirse incluso de una autoridad corrupta para anunciar una verdad que esa autoridad misma no comprende plenamente. Pero precisamente ahí está el problema para el argumento romano. Caifás no aparece como modelo de magisterio infalible, sino como instrumento irónico de la providencia divina. Él quiere justificar políticamente la muerte de Cristo; Dios usa sus palabras para anunciar teológicamente la expiación de Cristo. Caifás está hablando mejor de lo que sabe, no definiendo dogma mejor de lo que entiende.
Raymond Brown observa que la profecía inconsciente era una categoría reconocible en el judaísmo y que Juan conecta el episodio con el oficio sumo-sacerdotal de Caifás (Brown, 1966). Carson también reconoce que Caifás habló proféticamente en el año decisivo de la muerte de Jesús (Carson, 1991). Keener, por su parte, sitúa el episodio en el contexto de tradiciones judías donde Dios podía hacer que ciertas figuras sacerdotales hablaran verdad (Keener, 2003). Pero ninguno de esos datos lleva a la conclusión romana. Reconocer que Dios puede usar a Caifás no equivale a decir que Caifás poseía una prerrogativa institucional de definición irreformable.
Ahora, si el caso para la infalibilidad es Caifás, luego el caso para el poder puede ser Faraón. Es decir, ¿no deberíamos encontrar el caso para la infalibilidad en Pedro?
De hecho, el argumento se vuelve contra Roma con una facilidad casi indecente. Si Caifás profetizó por ser sumo sacerdote, ¿debemos concluir que el sumo sacerdocio era infalible cuando resolvía cuestiones de fe y moral? Entonces habría que explicar por qué el mismo liderazgo religioso termina condenando al Mesías. Si el oficio garantiza infalibilidad doctrinal, el proceso contra Cristo se vuelve un pequeño inconveniente para la tesis. Si no la garantiza, entonces el argumento se desploma.
Después de este “super argumento”, el escrito ya no tiene nada más relevante que ofrecer. Nos dice, por ejemplo, que los judíos tenían en alta estima a Caifás, y que Diodoro de Sicilia describe al sumo sacerdote como muy especial para el pueblo. Pero esto es simplemente un burdo intento de blindar la tesis, puesto que el respeto a una autoridad no equivale a una teoría de infalibilidad. Israel debía escuchar a sus sacerdotes y jueces en asuntos difíciles, como enseña Deuteronomio 17:8-13. Pero esa obediencia judicial no significaba que tales autoridades fueran incuestionables ante la revelación escrita. De hecho, el Antiguo Testamento está lleno de acusaciones contra sacerdotes y líderes religiosos infieles.
El escrito entonces concluye afirmando que el protestantismo sería algo extraño para los judíos, y el catolicismo, en cambio, les sería muy familiar. Pues bien, yo estoy muy de acuerdo con su conclusión, puesto que el judaísmo del Segundo Templo era un sistema anquilosado, con una clase sacerdotal corrupta, quienes, sentados en la cátedra de Moisés, ponían cargas pesadas en los fieles, entre otras muchas cosas.
Referencias
- Brown, R. E. (1966). The Gospel according to John I-XII. Doubleday.
- Carson, D. A. (1991). The Gospel according to John. Inter-Varsity Press; Eerdmans.
- Concilio Vaticano I. (1870). Pastor aeternus.
- Diodorus Siculus. (1933). Library of History (C. H. Oldfather, Trans.). Loeb Classical Library.
- Josephus, F. (n.d.). Antiquities of the Jews (W. Whiston, Trans.). Lexundria.
- Keener, C. S. (2003). The Gospel of John: A commentary. Hendrickson Publishers.
- Sonna, S. (2026, June 18). The Jewish roots of infallibility. Catholic Answers Magazine.
- Sociedades Bíblicas Unidas. (1960). Reina-Valera 1960. BibleGateway.
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