Consideraciones Sobre El Ayuno

No se puede negar que la satisfacción mata la voluntad y seda los instintos y que, por el contrario, el hambre agudiza el ingenio y los instintos: para ser buen cazador, hay que tener hambre. El ayuno provoca también un estado alterado de conciencia, en el que se disipa la espesa “niebla cerebral” de gente que nunca está totalmente despierta ni totalmente dormida.
Parece un sinsentido no complementar los periodos de gratificación con periodos de abstinencia. ¿Qué sentido tiene el placer sin el sufrimiento, la recompensa sin el sacrificio o la vida sin la muerte? ¿Acaso lo gratuito no está provocando la degeneración del ser humano? Bien anunciaba ya Oswald Spengler que uno de los motivos de la caída de Occidente sería “La búsqueda continua de gratificación y nulo autodominio”. 
Nuestros antepasados supieron conjugar ambos extremos. Tenían festividades de la alegría y de los sentidos, pero también tenían ocasiones de abstinencia y ascetismo, y ambos tipos de festividades actuaban como el polo negativo y positivo de un circuito perfecto, proporcionando la tensión necesaria para el desarrollo de la vida. Herederos de una fuerte carga espiritual, el cristianismo siempre propugnó el valor de la abstinencia y recogimiento como pilares fundamentales del crecimiento en gracia. Actualmente nos concentramos en la sobreestimulación sensorial, en los placeres fáciles y en saturar nuestros sentidos sin tregua, pero no se nos ocurre moderar esta tendencia, y desde luego no se nos ocurre equilibrar la balanza con una dosis equivalente de sacrificio. Cortarle el grifo al abdomen está fuera de cuestión, y el ascetismo es algo casi políticamente incorrecto. La última vez que promovi ayuno entre los míos se me llamo “Catolico”. La tendencia auto-indulgente y hedonista de nuestra civilización sólo significa que vendrá una época de sacrificios, privaciones y sufrimientos para compensar la balanza. Valdría ver, ¿cómo reaccionarían aquellos acostumbrados al placer ante la falta del plato caliente de comida? Recordemos a Esau, que por comida y tener el vientre lleno vendió su primogenitura. Y que el “comer y beber” serán sobreexplotados como fuente primordial de placer, ya nos lo advirtió el Señor, al referir que estarán “Comiendo y bebiendo” mientras las nubes grises se agolpan sobre sus cabezas. 
En un mundo de estímulos sensoriales desordenados que nos asaltan ferozmente, tanto el cuerpo como la mente rara vez obtienen un respiro. Incluso cuando dormimos, el aparato digestivo sigue funcionando, mientras que la mente sigue despierta en el mundo de los sueños. Al respecto, es revelador que el filósofo chino Chuang Tsé llamase “ayuno mental” a la meditación, ya que el ayuno viene a ser para el cuerpo lo que la meditación es para la mente: perseguir el vacío y la quietud para despertar el alma y darle un respiro al espíritu fue y es todavía en las comunidades Orientales algo muy natural. No así en la América rica donde la inmunda piara de Epicuro ha echado sus raíces. Y “Vaciar el Vientre” es dentro de la categorizacion espiritual, el elefante rosa en la sala. 

El ayuno no hace milagros, pero si crea la sustancia y abona al terreno de la fe. Aquel que ayuna medita, quien medita crece, y aquel que crece lo hace por la fe, tanto más entiende a su maestro y tanto más lo sigue. Aquel que ayuna crece, pues deja que el espíritu domine por encima de las pasiones, pues golpeada la carne y sin fuerzas, poco dominio tiene para dirigir. Quien ayuna entiende, pues descansado el cuerpo del duro trabajo del metabolismo, canaliza dicha fuerza al cerebro, quien habituado a recibir las sobras de la energía, recibe una carga suficiente para desarrollar fuertes trabajos intelectuales.
Por tanto, no es de extrañar que el ayuno fuese utilizado por muchas sociedades y civilizaciones como medio de penitencia o de curación, como método de iniciación, para honrar a un difunto, para celebrar acontecimientos astrales (solsticios, etc.) y hasta para evitar catástrofes naturales. No es cuestión complicada, el ayuno se trata de cortarle el grifo al vientre para que la bioelectricidad y la sangre del cuerpo puedan fluir hacia el cerebro y el resto de tejidos, vigorizando zonas que hasta entonces no habían recibido la suficiente atención. Antiguamente, quienes estaban dedicados a la religiosidad (cristianos y no cristianos) apreciaban esos efectos. Hoy, los pliegues de grasa, evidencia de nuestro desorden, no sólo ahogan todo exteriorizacion de una fe sana, sino que destruyen lentamente el templo que debiese ser tabernáculo y sacrificio de amor a las misericordias divinas. Y lo que debiese ser un noble decoro de la fe que profesamos se vuelve nuestro juicio. 

¿Entenderán esto los paganos y no los cristianos actuales? Pues ellos, en su ignorancia, y habituados a seguir sus supersticiones, se motivan a ayunar pues “No se puede entrar en un templo u honrar a una deidad con el vientre lleno de heces o el cuerpo cargado de toxinas”. 

“Quítale al hombre el plato, y después ve lo que hay en su corazón”. Diría aquel sabio loco (Jalil) y no hay que ser muy entendidos en dichos y frases para saber que Jalil tiene razón. El creyente de hoy, cuál bestia salvaje tiene miedo ayunar, pues sus instintos lo lastiman, lo llevan a pecar, elevan su ira, y le hacen comportarse de manera insospechadas. Y el ayuno, que debió haber servido para elevar su vida espiritual, viene a reflejar su triste decadencia. Aquel que nunca ha ayunado, conoce su cuerpo cuando lo hace, y debe entender que, la mente se ve resentida y aparecen cambios demasiado pronunciados de humor, depresiones, irritabilidad, confusión, vulnerabilidad cuando el estomago pierde el poder de dominar. 

Entendiéndo que mucha temeridad no me es lícita, y que alguien legítimamente pueda objetar sobre el tema pensando en que soy joven y no conozco lo suficiente para opinar, refiero a algunos sabios hombres (cristianos y no cristianos) que pueden servir como autoridad sobre lo que expongo, y así tal vez logren crear conciencia sobre ese bendito tema olvidado, el ayuno. 

“Ayuno constantemente para obtener mayor eficacia física y mental”.
(Platón).
“Comer cuando estás enfermo, es alimentar tu enfermedad”.
(Hipócrates).
“En vez de usar la medicina, ayuna hoy”.
(Plutarco).
“Cuando ayunamos, el demonio lo sabe, y se desagrada de ello pues el hombre aprende a sujetar su carne”.
(Tertuliano).
“Para prolongar tu vida, acorta tus comidas. La mejor de todas las medicinas es el ayuno”.
(Benjamin Franklin).
“Rechazar la comida y la bebida no da placer a la carne, ¡más cuanto hace regocijar nuestro espíritu”.
(Abraham Lincoln).
“Donde no hay ni ayuno ni oración, allí están los demonios”.
(Ireneo).
“Los humos ascendentes de la comida rica y abundante, cortan como una densa nube las iluminaciones del Espíritu Santo, que están infundidas en la mente”.
(Basilio el Grande).
“El ayuno es un método natural de curación. Cuando los animales o los salvajes están enfermos, ayunan”.
(Paramahansa Yogananda).
“Come menos para vivir más”.
(Frank Zane).
“…Ayunarán”. 
(Jesucristo).

El ayuno era parte fundamental del religioso y de la medicina clásica ¿cómo surgió entonces este desencanto, desinterés o indiferencia hacia el mismo? Con la llegada de la civilización tecnoindustrial y la mecanización de la vida. 

Todas las civilizaciones mesopotámicas contemplaban el ayuno en ocasiones rituales o como remedio medicinal. Los antiguos egipcios curaban la sífilis con ayuno y se exigía que los sacerdotes y sacerdotisas superasen cuarenta días de ayuno para ser aceptados, mientras que para ser iniciado en los cultos de Isis y Osiris se pedían siete días de abstinencia de comida. En la antigua Grecia, el ayuno era común como preparación antes de iniciarse en ciertos misterios, como los de Eleusis. Tanto Sócrates como Platón y Aristóteles ayunaban para aumentar su eficacia física y mental. Pitágoras ayunó durante 40 días, respirando de un modo determinado y concentrando su voluntad sobre determinados puntos corporales, antes de que le permitiesen entrar en la escuela de Diospolis en Egipto. Posteriormente, el mismo Pitágoras exigiría a sus alumnos 40 días de ayuno. Hipócrates y Galeno, dos de los padres fundadores de la medicina occidental, reconocieron los beneficios del ayuno para la salud. En Roma, el ayuno (jejunium) era una práctica común. Tésalo de Trales, el médico de Nerón, ayunaba frecuentemente, y el historiador y sacerdote Plutarco igualmente recomendaba: “En vez de usar la medicina, ayuna”. Tertuliano escribió un tratado sobre el ayuno en torno al año 200. Los maniqueos contemplaban siete días de ayuno al mes y hubo muchos grupos cristianos que practicaban prolongados ayunos, como los albigenses (o cátaros), cuyos ayunos demasiado frecuentes y prolongados les dotaban de un característico aspecto delgado y pálido. En el Oriente islámico, el célebre médico persa Avicena (Siglos X-XI) prescribía ayunos de hasta más de tres semanas. El suizo Paracelso (Siglo XVI), tercer padre de la medicina occidental, mencionaba que “El ayuno es el mayor remedio, el médico interior”.
Durante la Reforma, la mayor parte de protestantes mantuvieron días de ayuno o restricciones alimentarias en ciertas fechas. La única excepción a esta regla fueron movimientos particularmente fanáticos y rupturistas para con el pasado, como algunos grupos puritanos, que condenaron el ayuno. Tanto Catalina de Aragón como Felipe II observaban días de ayuno en fechas religiosas. La Iglesia Ortodoxa observa rigurosamente periodos de ayuno o restricciones alimentarias hasta nuestros días. 

CONCLUSION:

Ayuna, lapsos de 24 horas para personas medianamente sanas, no crearán ningún daño. Lapsos de 12 horas para aquellos que están enfermos y bajo prescripción médica. Lapsos de 6 a 8 horas para niños y principiantes. Enciérrate, medita y ora, el cuerpo es frágil, más el espíritu animoso. Aliméntate del pan bajado del cielo, rico alimento espiritual para los hambrientos. Pero lo más importante, no ayunes mañana, ni ayunes pasado ¡ayuna hoy!

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